María Huertas, directora de proyectos de la Fundación Exit
En los últimos años se han multiplicado las iniciativas dirigidas a jóvenes que han vivido trayectorias educativas frágiles o marcadas por la desconexión. A pesar de estos esfuerzos, sigue sin consolidarse un elemento clave para impulsarlas de verdad, la involucración activa del tejido empresarial.
En un contexto donde la demanda de perfiles profesionales no deja de crecer, resulta llamativo que tantas personas sigan sin acceder a oportunidades laborales. Esta paradoja no responde a la falta de talento, sino a un desajuste profundo. Mientras muchos empleadores aseguran no encontrar los perfiles que necesitan, una parte importante de la población en edad formativa carece de un primer acceso al mercado de trabajo, en gran medida porque no cuenta con referentes cercanos ni con información clara sobre las opciones reales que ofrece cada sector.
Ante esta realidad, se vuelve imprescindible construir puentes que les acerquen al mundo laboral desde etapas tempranas. Las empresas pueden tener un impacto enorme mediante charlas, visitas a centros de trabajo, talleres prácticos o mentorías. Estos encuentros permiten descubrir vocaciones, romper prejuicios y mostrar cómo se construye una carrera profesional. A veces una simple conversación con un profesional abre una puerta que nunca se había planteado dentro del aula.
Formación: aprender en entornos reales y actualizados
Una vez el joven identifica un área que le motiva, resulta fundamental que pueda formarse en un entorno alineado con las necesidades reales del mercado laboral. Aquí la implicación de las empresas adquiere nuevamente un papel fundamental, formación práctica en empresas, facilitando el acceso a equipamiento actualizado, participando en la elaboración de contenidos formativos o compartiendo conocimiento técnico.
En industrias en constante transformación, como la energía, la hostelería o la movilidad, esta conexión entre los centros de FP y las organizaciones asegura que el alumnado incorpore competencias ajustadas a la realidad profesional. Cuando el aula se complementa con la empresa, el aprendizaje se vuelve más práctico, contextualizado y orientado a la inserción.
Inserción laboral: acompañar el salto final hacia el empleo
La fase de acceso es el momento en el que la formación y la motivación se transforman en una oportunidad tangible. Para quienes no cuentan con red de contactos, este paso suele ser especialmente difícil. Muchas personas necesitan apoyo adicional para preparar entrevistas, construir su currículum o enfrentarse por primera vez a un proceso de selección.
Las organizaciones pueden facilitar este proceso mediante dinámicas de entrevistas breves o asesoramiento en la mejora del perfil profesional. Cuando empresas, centros y entidades sociales trabajan de forma coordinada, el tránsito hacia el empleo se vuelve más seguro y las opciones de incorporación aumentan de manera notable.
Un ejemplo significativo es el programa Creamos Oportunidades en Hostelería y Turismo de la Fundación Mahou San Miguel, en el que Fundación Exit es su partner estratégico. Este programa ha alcanzado una tasa de permanencia del 85% y del 90% de inserción laboral, acompañando a más de 3.200 alumnos en sus doce ediciones. Su impacto crece gracias a la colaboración con 14 escuelas de hostelería y 700 establecimientos, convertidos en espacios reales de aprendizaje.
Corresponsabilidad para construir oportunidades reales
La mejora de la empleabilidad y la reducción de la vulnerabilidad juvenil requieren una mirada compartida. No es una responsabilidad exclusiva de los centros educativos o de las entidades sociales. Requiere también la participación del tejido empresarial. La Formación Profesional, en sus distintas modalidades, está en una posición privilegiada para liderar esta conexión, pero solo puede hacerlo si existe un compromiso real por parte de todos los actores implicados.
Acompañar a una persona que parte de una posición de desventaja va más allá de facilitar un empleo. Supone generar confianza, guiar el aprendizaje y reconocer que el talento también se construye. Cuando las organizaciones se implican de forma constante, no solo generan impacto social, sino que fortalecen sus propios equipos incorporando perfiles diversos y comprometidos. Impulsar este vínculo con el entorno productivo abre caminos de desarrollo personal y, al mismo tiempo, refuerza el tejido económico, contribuyendo a una sociedad más cohesionada y con más oportunidades para todos.